ECLIPSADOS
- 4 abr 2015
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Hay eclipses momentáneos y otros que parecen quedarse.
Un eclipse sucede cuando algo se interpone entre nosotros y un objeto luminoso. La luz sigue ahí, pero nosotros dejamos de verla… Por algunos segundos, (segundos que a veces duran toda la vida) nos preguntamos ¿volverá a brillar?
Ante la llegada de un eclipse, nuestros antepasados hacían sacrificios y ceremonias para que el astro generador de vida volviera pronto de las tinieblas que lo habían engullido. Porque claro que da miedo, da muchísimo miedo verse de repente envuelto en la penumbra.
Hay momentos en los que nos eclipsamos a nosotros mismos. Dejamos de ver la luz, como avestruces metemos la cabeza debajo de la tierra y ahí adentro, con los ojos cubiertos, pensamos: todo allá afuera es oscuro. Lloramos, nos enojamos, caemos en la tristeza de pensar en toda esa luz que ya nunca más será nuestra. Nos quedamos eclipsados, aunque el Sol brille y las jacarandas se sacudan cubriendo el futuro de violeta.
El eclipse sucede y pasa, pero algo permanece. Nos quedamos con esa imagen del astro desapareciendo paulatinamente, como siendo devorado por el Cosmos. Nos queda tatuado en las pupilas el instante en el que todo es oscuro. Algo en el alma se rasga. Respiramos…
Poco a poco emerge una vez más la luz, diferente, pero luminosa… porque entendemos que los otros actúan desde sus órbitas propias, y nos toca a nosotros esquivarlos cuando esa órbita se interpone entre nosotros y la luz.



















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